
La figura de la
femme fatale surge en el siglo 19, con el movimiento artístico romántico, que daba énfasis a las emociones por encima de la razón y el pensamiento empírico. Esta figura va evolucionando, más adelante, en la era victoriana, como una necesidad de representación frente a un nuevo tipo de mujer, que no seguía necesariamente el modelo de domesticidad que se exigía, por las circunstancias sociales y económicas del momento (habían, por ejemplo, más mujeres estudiando y trabajando, comenzaba a surgir el activismo por el sufragio femenino). Esta figura se puede apreciar en la literatura, donde John Keats renueva las antiguas leyendas que narraban encuentros entre hadas y caballeros, y J. S. Le Fanu se encargaba de regalarnos a
Carmilla. Esta figura también se ve en la pintura prerrafaelista, donde se rescatan ciertas figuras bíblicas (Salomé, Lilith, Dalila) que serían antítesis de otras figuras que tradicionalmente representan los máximos valores cristianos, como la maternidad, el matrimonio y la fidelidad (María, Sara, Isabel).
Se podría decir que la
femme fatale representa lo intrínsecamente femenino (según Luce Irigaray), en tanto es ausencia, lo que “no es” masculino, racional, material, y no sigue los parámetros de lo que la sociedad espera sea un sujeto racional femenino. Es un estado de fuga constante, en la medida en que es ambigua, perversa, fluida; no encaja fácilmente en ninguna categoría. La
femme fatale no ama, en el sentido romántico tradicional del concepto; no piensa en el bien común, no es maternal, no es espiritual. Tiende a ser engañosa, individualista, materialista, instintiva, sensorial. El sujeto que se cruce en su camino se arriesgará a perder la razón o la vida.
Esta misteriosa figura tiene como modelo original, asimismo, a las antiguas diosas paganas que representaban la fertilidad, la guerra y la muerte, como Ishtar, Coatlicue y Astarté. Estas diosas, relegadas con el advenimiento del cristianismo, unían, de un modo interesante, conceptos que podríamos pensar contradictorios, como la fertilidad y la guerra. Sin embargo, estos dos conceptos eran esenciales para la existencia de las comunidades antiguas, donde la vida y la muerte formaban dos mitades de un todo. No es extraño, entonces, pensar en una figura femenina como origen de vida (ya que es portadora de la matriz) y principio de muerte (siempre, al nacer se comienza a morir). La
femme fatale tiende a ser, asimismo, una categoría donde se reúnen diversos tipos de figuras literarias femeninas que tienen muy de cerca, si no en su interioridad, a la muerte, como la muñeca, la vampiresa, el hada, la hechicera, la ninfeta (
nymphet). Sin embargo, no es tanto “mujer”, como una representación muy específica de “lo femenino” sobre el canvas que provee un cuerpo.