domingo, 6 de mayo de 2012

Il Matto


If Paradise were but one meaningless word at the end, and if

you could only see vast expanses of dry cracked land, to

fail would seem like a fair option. To risk everything, to try to fight:

it would seem like madness. Striving to do “right”

may feel like a ruse, if at the end only Death was there to stretch your hand.

Be by human will or folly, the riddle is on you: maybe Paradise is in the fact

that everything that is, is; and only pain leads to relief, and

the chords of what we call “fate” play the music of the

task appointed in life. The Fool who

was punished on earth would be,

not at all the useless, but the beacon who gives life from

up there, between the yet unborn stars that will illuminate unknown worlds,

to down here, to the fertile dirt feeding the smallest snail. This may make

you and your burden, if yours were his, lighter.

lunes, 23 de abril de 2012

If You Fall



“If time counted forward as well as backwards, 

you could see it breaking in small torrents of  

falling, creaking tiny leaves of golden light folding themselves over

into vast universes full of imaginary hopes.”

Stuart made this statement on class, while dreaming of a mythic place where the number

Pi, defined as 3.1415926 ad infinitum at least as far as the mind can perceive

dissented with every dictum of harmony created by man. “We’d become

tycoons of chaos, waging war with our own analytic minds” he thought, almost in awe.  

“It would be art, wouldn’t it, an almost intangible form of art undiscovered yet.”

Be it a form of art, art itself, a work of art, forgotten art, Stuart did not stop to think that it

comes hidden in different aspects of reality before it returns to

you, like some forgotten dream.

miércoles, 4 de abril de 2012

Recuerdos de tragona riopedrense

 Banquito de Humanidades, lugar de muchos almuerzos y tertulias de tres horas


Una manera de aproximarme a la nostalgia esporádica que me da por los largos años que he pasado en la universidad sería por el paladar. Conservo toneladas de recuerdos, meticulosamente apiñados, de fotos de murales y  grafitti, de frustraciones y aprendizaje, de multitud de decepciones amorosas y tardes de drama íntimo y galones de tinta derramada sobre pads amarillos, pero nada le había dado tan rápido electroshock a la memoria como aquel bocadillo de jamón y queso que me comí hoy a la una de la tarde. Y no fue tanto el bocadillo en sí, sino la casi vergüenza que experimenté al momento de pagar, cuando el señor que atendía el quiosco del merendero de sociales me dijo: “Uno con noventa y tres.” En estos tiempos, gastar solo $1.93 en un bocadillo y un jugo de fruit punch es algo que no se ve, punto. Excepto, claro, en el merendero de Sociales de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Rio Piedras. 

Y sin embargo tampoco era aquel bocadillo, no; ni siquiera otro anterior de mis años de universidad, sino el eco de otro bocadillo aún más remoto y lejano, allá cuando era aún más barato, algo así como .75 centavos, lo que realmente me puso estado de saudade, el proto-bocadillo, if you will. Uno que comía cuando tenía cinco años, en esas excursiones esporádicas con mi madre al laboratorio de psicología de Sociales, donde ella daba clases como asistente de cátedra del programa graduado. Resulta interesante que cuando entré a la universidad, yo rara vez comía en ella; no por no tener hambre, sino por no estar acostumbrada a comer sola. Solo comía cuando estaba acompañada. Una vez conseguí trabajo allí y tuve que enfrentarme a lidiar con gente todos los días, a pulir mis descuidadas destrezas de sociabilidad, comencé a comer sola, y me di cuenta que era una actividad que se podía sobrellevar. Una táctica, que sigo practicando hasta ahora, fue la de enterrar mi nariz en una revista para no tener que sentirme como vaca masticando frente a una verja; algo que me molesta, no así ver a otra gente comiendo, que no me disgusta en absoluto; al contrario, me enternece un poco.

En efecto: puedo llegar a dibujar un mapa de recuerdos basándome solamente en los almuerzos que consumí. Los sandwiches de pollo con mi amiga en los banquitos de Educación; las pastas Alejandro con curry de los vegetarianos entre las clases de género y portugués; los múltiples y siempre solitarios pastelones de papa, amarillo o malanga, acompañados del New Yorker de la semana anterior; las pastas "criollas" color Chef Boyardee, o las ensaladas árabes de tomate y pepinillo y cebolla. O tal vez el incipiente filetito de tilapia en papel aluminio que siempre veré sobre el plato de mi mejor amigo, en el centro de estudiantes. O la tortilla española, o la sopa de lentejas que le gustaba comer. Los hamburgers o la pizza quemada de restaurante de comida rápida los jueves a las 6 de la tarde, después de salir de trabajar, antes de entrar a la biblioteca y quedarme allí hasta las diez de la noche. Los sandwiches de Subway en uno de los banquitos de inglés, donde perdí mi segundo Ipod lleno de canciones de Madonna, justo antes de la clase de propuesta. La primera pizzita, poco presuntuosa pero muy memorable, que comí junto a mi amor. Recordar la comida (y por asociación la compañía, o falta de ella) siempre resulta más agradable que recordar el frío y el hambre por obstinación en la biblioteca, y me alegro haber decidido salir a comer, aunque fuese de vez en cuando.