Banquito de Humanidades, lugar de muchos almuerzos y tertulias de tres horas
Una manera de aproximarme
a la nostalgia esporádica que me da por los largos años que he pasado en la
universidad sería por el paladar. Conservo toneladas de recuerdos, meticulosamente
apiñados, de fotos de murales y grafitti,
de frustraciones y aprendizaje, de multitud de decepciones amorosas y tardes de
drama íntimo y galones de tinta derramada sobre pads amarillos, pero nada le había dado tan rápido electroshock a
la memoria como aquel bocadillo de jamón y queso que me comí hoy a la una de la
tarde. Y no fue tanto el bocadillo en sí, sino la casi vergüenza que
experimenté al momento de pagar, cuando el señor que atendía el quiosco del
merendero de sociales me dijo: “Uno con noventa y tres.” En estos tiempos, gastar
solo $1.93 en un bocadillo y un jugo de fruit punch es algo que no se ve,
punto. Excepto, claro, en el merendero de Sociales de la Universidad de Puerto
Rico, recinto de Rio Piedras.
Y sin embargo tampoco
era aquel bocadillo, no; ni siquiera otro anterior de mis años de universidad,
sino el eco de otro bocadillo aún más remoto y lejano, allá cuando era aún más
barato, algo así como .75 centavos, lo que realmente me puso estado de saudade, el proto-bocadillo, if
you will. Uno que comía cuando tenía cinco años, en esas excursiones esporádicas
con mi madre al laboratorio de psicología de Sociales, donde ella daba clases
como asistente de cátedra del programa graduado. Resulta interesante que cuando
entré a la universidad, yo rara vez comía en ella; no por no
tener hambre, sino por no estar acostumbrada a comer sola. Solo comía cuando
estaba acompañada. Una vez conseguí trabajo allí y tuve que enfrentarme a
lidiar con gente todos los días, a pulir mis descuidadas destrezas de
sociabilidad, comencé a comer sola, y me di cuenta que era una actividad que se
podía sobrellevar. Una táctica, que sigo practicando hasta ahora, fue la de
enterrar mi nariz en una revista para no tener que sentirme como vaca masticando
frente a una verja; algo que me molesta, no así ver a otra gente comiendo,
que no me disgusta en absoluto; al contrario, me enternece un poco.
En efecto: puedo llegar a dibujar
un mapa de recuerdos basándome solamente en los almuerzos que consumí. Los sandwiches
de pollo con mi amiga en los banquitos de Educación; las pastas Alejandro con
curry de los vegetarianos entre las clases de género y portugués; los múltiples
y siempre solitarios pastelones de papa, amarillo o malanga, acompañados del
New Yorker de la semana anterior; las pastas "criollas" color Chef Boyardee, o las
ensaladas árabes de tomate y pepinillo y cebolla. O tal vez el incipiente filetito de tilapia en
papel aluminio que siempre veré sobre el plato de mi mejor amigo, en el centro
de estudiantes. O la tortilla española, o la sopa de lentejas que le
gustaba comer. Los hamburgers o la pizza quemada de restaurante de comida rápida
los jueves a las 6 de la tarde, después de salir de trabajar, antes de entrar a
la biblioteca y quedarme allí hasta las diez de la noche. Los sandwiches de Subway
en uno de los banquitos de inglés, donde perdí mi segundo Ipod lleno de canciones de
Madonna, justo antes de la clase de propuesta. La primera pizzita, poco
presuntuosa pero muy memorable, que comí junto a mi amor. Recordar la comida (y
por asociación la compañía, o falta de ella) siempre resulta más agradable que
recordar el frío y el hambre por obstinación en la biblioteca, y me alegro
haber decidido salir a comer, aunque fuese de vez en cuando.